Abuso del Photochop
Publicado: abril 25, 2012 Archivado en: Varios | Tags: An Imaginary Spaniard, cristobal hara, libros 3 Comentarios »El otro día estaba yo disfrutando con las excelentes fotos de Cristóbal Hara, un referente en la fotografía española, cuando al acercarme descubro que el abrigo de una señora cambia de color siguiendo el trazado de una línea irregular. Por lo visto el retocador andaba ya un poco cansado y decidió terminar rápido. Lo más sorprendente de este retoque tan basto es que el libro (An Imaginary Spaniard) fue editado en 2004 por una de las editoriales más prestigiosas del mundo, la alemana STEIDL. Pues eso, que cutres hay en todo el mundo…
La última cerda
Publicado: abril 11, 2012 Archivado en: Varios | Tags: España, familia, Navarra, vida rural 1 comentario »Y un día mi abuelo retiró todas las cerdas de la casa. Así lo apuntaba en su libreta de camarero: “día 24-10. Pare la última cerda que ba a parir en mi casa. Pare 12. Con esta fecha las quitamos todas”.
Y de los cutos solo quedaron las pocilgas.
Fernando Múgica: “Es curioso que el ser humano sea capaz de hacer cosas terribles pero luego le dé reparo mirarlas”
Publicado: marzo 22, 2012 Archivado en: Personajes, Uncategorized | Tags: entrevistas, fernando múgica, Navarra, periodismo, reporteros de guerra 1 comentario »Recupero aquí esta entrevista que le hice a Fernando Múgica en 2010, con motivo de las jornadas de fotoperiodismo navarro. Cuenta cosas interesantes…
Fernando Múgica es uno de los reporteros de guerra españoles con mayor trayectoria. Su cámara ha documentado guerras y catástrofes en Jordania, Israel, el Golfo Pérsico, Líbano, Yugoslavia, Vietnam, Panamá, Nicaragua, entre otros. Ahora, con 62 años y prejubilado echa la vista atrás y comparte alguna de sus reflexiones sobre su profesión, la guerra y la condición humana.
-“Siempre ha habido guerras y siempre las habrá. Los medios de comunicación nunca conseguirán pararlas”.
- “No creo en el derecho a la intimidad”.
- “Nuestra única arma es la cámara y el deseo de contar la verdad”.
- “Cuando empecé creí que podíamos cambiar el mundo. Ahora me conformo con cambiar, siquiera un ápice, a una sola persona”.
- “En un conflicto siempre hay lo mejor y lo peor del ser humano”.
- “El reportero gráfico se va haciendo más sensible conforme ve cosas más horrorosas. Uno no se acostumbra nunca al dolor”.
¿Cuál fue la primera guerra que cubrió y qué recuerdo guarda de ella?
La primera guerra que cubrí fue la de Jordania en su conflicto con los palestinos en septiembre de 1970. Fue lo que luego se llamaría históricamente el Septiembre Negro. Intervino Siria y hubo una expulsión masiva de palestinos. Se refugiaron en campamentos en el Líbano. Allí me apuntaron por primera vez con una pistola. Vi niños de muy pocos años armados con fusiles de asalto. Tuve la suerte de que se muriera el gran líder árabe Nasser y salté a El Cairo, donde asistí a multitudinarios funerales. Fue un éxito para mi periódico, La Gaceta del Norte. Hice buenas fotos y comprendí que aquello me entusiasmaba y que era capaz de superar el miedo.
Es una idea común que el exceso de imágenes violentas insensibiliza a las personas, sin embargo en las jornadas de fotoperiodismo navarro usted dijo que el periodista se va haciendo más sensible conforme va teniendo más contacto con la guerra. ¿Qué opina de esta aparente contradicción?
Estoy convencido de que el reportero gráfico se va haciendo más sensible conforme pasa el tiempo y ve cosas más horrorosas. Uno no se acostumbra nunca al dolor, al sufrimiento, a la injusticia. Lo que sucede es que las guerras te hacen más escéptico sobre la condición humana. Siempre ha habido guerras y siempre las habrá. Los medios de comunicación nunca conseguirán pararlas.
Otra cosa bien distinta es el creciente número de escenas violentas que el espectador medio debe tragar cada día en televisión. Es difícil distinguir la realidad de la ficción. Al final todo parece ficción y la mente se insensibiliza. La obligación de los reporteros, de cualquier forma es conseguir y difundir esas imágenes que reflejan la crueldad de la guerra. Su difusión siempre ayuda la comprensión de la naturaleza de los conflictos. No veo ningún morbo en hacerlo siempre que sea reflejo de la realidad.
¿Cómo conseguir el equilibrio entre el derecho a la información e el derecho a la intimidad (sobre todo en situaciones límite)?
No creo en el derecho a la intimidad. Vivimos en una aldea global y tenemos derecho a saber qué sucede. Nuestros gobiernos y muchas agencias privadas que trabajan para empresas poderosas tienen los medios para violar nuestra intimidad siempre que quieran y de una forma impune. Eso sí que me preocupa. Que un reportero haga y difunda imágenes que son ciertas me parece más una obligación que un problema.
Ante una escena verdaderamente dramática, ¿se reflexiona en el momento o se hacen las fotos y luego se reflexiona sobre ellas?
Lo normal para un profesional es hacer las imágenes. Se trabaja por instinto y en muchas ocasiones no existe tiempo para reflexionar. Luego es cuando, en frío, se puede reflexionar más. El profesional tiene la mente preparada para captar escenas dramáticas. La técnica necesaria para captar buenas imágenes en esos momentos dramáticos. El entrenamiento diario y la experiencia son muy importantes. Yo nunca he vivido algo tan dramático que me haya impedido hacer mi trabajo.
¿Cuál es la foto más dura que ha hecho?
Probablemente los dos cerebros humanos, llenos de moscas verdes, en un charco de sangre en Sarajevo. Los serbios disparaban obuses contra la población indefensa. Sólo había una manera de enseñar al mundo lo que estaba sucediendo y era a través de nuestras imágenes. Recuerdo también una de Vietnam en el año 1972. Alguien había clavado un cartel en un vietcong muerto que decía: carne de vietcong, 1kg./ 300 piastras. Aquello reflejaba mejor la guerra que cualquier discurso.
En los conflictos que ha cubierto a lo largo de su carrera, ¿ha tomado usted parte o se mantiene neutral?
Nunca he tomado parte en un conflicto. Me he limitado a ser testigo, a contar aquello que veía a mi alrededor. Hay sufrimiento en los dos bandos. El que quiera arreglar el mundo o predicar sobre un bando debe dejar la cámara y empuñar las armas. Como periodista jamás he tocado un arma. Nuestra única arma es la cámara y el deseo de contar la verdad. Dejo la opinión para los analistas políticos. Las fotos hablan por sí mismas.
En unos meses y sin conocimiento del idioma, como es en la mayor parte de los casos, ¿se llegan a comprender en profundidad los conflictos y las partes involucradas?
Nunca se llega a comprender en profundidad un conflicto. Para eso están los historiadores. Nosotros somos meros testigos de unos pocos aspectos de la realidad. Por eso es tan importante saber condensar la realidad en las imágenes que transmitimos, conocedores de que sólo es un pequeño fragmento de la realidad que se añadirá a otros pequeños fragmentos que a su vez formarán una pieza de un puzzle mucho más amplio.
¿Qué repercusión cree que ha tenido su trabajo?, ¿busca algún cambio?
La única repercusión que han podido tener mis fotografías es pequeña y siempre a nivel individual. Una vez mi suegra vio una de mis imágenes y lloró conmovida. Aquel día comprendí que mi trabajo era útil. Si tan sólo una persona se conmueve y se acerca al sufrimiento de otros seres humanos ya es suficiente. No creo que la prensa sea capaz de cambiar el mundo o de parar un conflicto. Aunque es evidente que ayuda a conformar a la opinión pública y que ésta influye en los políticos.
En las jornadas de fotoperiodismo navarro se mostró usted un tanto escéptico acerca del gran poder que se le adjudica al periodismo, ¿cuando empezó creía lo mismo?
Cuando empecé creí que podíamos cambiar el mundo. Ahora me conformo con cambiar, siquiera un ápice, a una sola persona. Sin las imágenes, el mundo sería peor.
¿Si le pagaran diez veces más estaría dispuesto a hacer reportajes del corazón?
Yo he hecho reportajes del corazón. Se pueden hacer en serio si se trata de profundizar en los personajes y de realizar buenas fotografías. Lo que ahora se entiende por el mundo del corazón me parece que aporta muy poco al lector. Su único mérito, y siempre que se haga con respeto y con dignidad, es el puro entretenimiento. Nunca en mi vida he hecho algo ni he corrido un riesgo por dinero. Yo he ganado lo mismo cuando me jugaba la vida en una guerra que cuando cubría una información local. El periodista debe saber que podrá vivir una vida digna con un sueldo aceptable pero que jamás morirá rico. Es una cuestión de vocación y de obligación. El periodista debe ser testigo y por eso debe estar allí donde suceden las cosas. Por supuesto que existe un periodismo muy digno en otras actividades como la moda o el entretenimiento. Los límites sobre el morbo los debe poner uno mismo, la publicación nunca lo hará.
¿Dónde están los límites en el fotoperiodismo?
En la dignidad del ser humano. Nuestras fotos deben aportar material para la reflexión. Deber mejorar, a través de la información, a los individuos. Yo nunca he sentido la necesidad ética de no hacer una foto. Tal vez porque estoy convencido de que todo, hecho con respeto, debe y merece ser visto. Me parece una falacia el hecho de que se ponga cortapisas a las fotos de muertos en conflictos o atentados. Es curioso que el ser humano sea capaz de hacer cosas terribles pero luego le de reparo mirarlo. Debemos enfrentarnos con la verdad por cruda que sea. Esto es lo hay. Míralo, reflexiona y actúa en consecuencia.
¿Hace autómata la profesión al fotógrafo? (convirtiéndose el cubrir las guerras en un trabajo técnico en el que uno no se involucra personalmente)
No. cada vez te afecta más lo que ves y lo que vives. Pero sin una preparación técnica y un autocontrol rígido sería imposible realizar nuestro trabajo. La vida te vuelve cada vez más sensible y todo te afecta más. Pero eso no debe paralizarte.
Después de haber estado informando en Yugoslavia, Líbano, Vietnam… ¿Se puede integrar en la vida rutinaria en España como si no hubiese visto de cerca tanto dolor?
Es imposible no resultar afectado por todos los conflictos que uno ha vivido. Te hace más humano y más vulnerable. Es muy difícil la integración en una vida normal. Se tiende a la introspección, al silencio y en ocasiones a la melancolía. Yo, a pesar de todo, creo en el ser humano y creo que es más bueno que malo y que la mayor parte de la gente se comporta de una manera heroica en su vida cotidiana.
¿A qué huele la muerte?
A cadáver podrido, a cenizas chamuscadas. Es una mezcla que penetra en tu cerebro y ya no sale. Es imposible acostumbrarse a ella.
¿Le ha merecido la pena el sacrificio?
Sí, absolutamente. He vivido una vida fascinante. He sido testigo, en primera fila de grandes acontecimientos históricos, he conocido a artistas, políticos, deportistas de fama mundial. Es maravilloso poder verlo en directo y eso sólo es posible en esta profesión variada y fantástica. Pienso seguir disfrutando de ella mientras me quede salud.
¿Qué fotografía usted más: la parte oscura de la guerra o la parte positiva, como la solidaridad entre las personas, la dignidad de las víctimas…?
Las dos cosas están unidas. Suele ser más visible la catástrofe que la bondad pero hay que intentar descubrir en cada conflicto los dos lados. Fotografiamos lo que vemos y en un conflicto siempre hay lo mejor y lo peor del ser humano.
¿Cree que alguna vez la humanidad superará las guerras?
No. creo que siempre habrá guerras mientras exista el ser humano. Está en su naturaleza, como la ambición o la lujuria. Pero insisto en que también creo que en el ser humano hay docenas de virtudes que se plasman cada día en millones de personas.
“Aquí lo primero son los animales”. Pilar Goizueta, ganadera del valle del Baztán
Publicado: marzo 8, 2012 Archivado en: Personajes, Reportajes | Tags: baztan, iñigo Ziganda, montaña, Pirineos, Salvador arellano, vida rural, zozaia Deja un comentario »Texto: Iñigo Ziganda
Fotografías: Salvador Arellano
Pilar Goizueta Apezteguia trabaja quince horas al día. Comienza la jornada laboral de madrugada y cuando termina, faltan minutos para que llegue una nueva. Trabaja y vive, junto a sus dos hijos, marido y suegra, en una vieja borda a dos kilómetros de Zozaia, un pequeño pueblo de 30 habitantes en el valle de Baztán. Allí tienen todo lo que necesitan: Comida y cobijo para las ovejas y los corderos. No echan en falta las comodidades propias del descanso porque nunca las han utilizado. Ella gestiona a diario, con un esfuerzo titánico, esta pequeña explotación que ha convertido en forma de vida.
En Casa Gastainzelaieta suena el despertador a las cinco y media de la mañana. Pilar, nacida en Ituren cuarenta años atrás, es la primera en levantarse y pone a calentar en la cocina eléctrica una cazuela de leche. “Es para dos corderos que han rechazado sus madres y tengo que alimentar con el biberón”, comenta mientras sorbe un trago de café. Cuida con mimo a los recién nacidos y, al igual que con el resto de las ovejas, les desea un buen día con tono muy cálido. Enciende el fuego de la caldera que calienta la cocina. Del piso superior, bajan su marido Juan Ángel y Romana, madre de éste, con más de setenta años y una elasticidad envidiable. Ella viste ya con ropa de trabajo y Juan Ángel se abrocha el buzo en una de las sillas de la cocina. Sin pensarlo dos veces ni desayunar, empiezan a trabajar.
“Lo que nos diferencia de los grandes rebaños es que nosotros conocemos a todas las ovejas”, asegura Pilar que recubre con helechos el suelo de una gran cuadra, “reconocemos incluso las ubres de cada una”. No titubea al hablar. Entre los tres sanean la mayor de las cuadras que llaman Bordatxo. En el interior, bien ordenadas, caben cerca de 80 ovejas. Pilar llama por su nombre a algunas de ellas. Pilar y Romana limpian la artesa que recorre el establo con pequeñas escobas de boj mientras Juan Ángel mezcla la comida para los animales. Revuelve en un cubo pulpa de remolacha, pienso compuesto, maíz y salvado de trigo. Una vez repartido el alimento vuelven a introducir las ovejas y, con la melodía de sus mandíbulas a pleno rendimiento, comienzan el ordeño.
En Gastainzelaieta extraen cerca de 60 litros de leche de oveja al día. Ordeñan los tres. Dos veces al día. De madrugada y al anochecer. “Alguna vez lo han hecho mis hijos”, comenta Pilar, “pero sólo por la noche”. Es una mujer metódica y constante. La conversación que mantienen mientras manejan las ubres deriva en una crítica a la congelación que sufre el precio de los corderos “desde los últimos 40 años. Además, desde que empezó el euro se ha encarecido todo mucho”, asegura Pilar, “sobre todo el pienso de los corderos y la gasolina. Si fuera sólo el ordeño éste trabajo sería muy cómodo”, concluye resignada. Motivos no le faltan. Pone mucho empeño en el cuidado de los corderos, pero porque no sabe criarlos de otra forma. Eso aumenta su trabajo y encarece los costes. Los crían hasta que rondan los once kilos de peso y, cada año, cerca 200 corderos salen de su llanura de castaños que es lo que significa Gaztainzelaieta. Continúan viviendo de alquiler en esta apartada borda en la que la familia de su marido lleva afincada varias generaciones.
Con la leche puesta a buen recaudo y mientras Juan Ángel repara con su navaja y antiséptico las pezuñas de una oveja, Pilar reparte con un sarde hierba fermentada sobre la artesa. Son las siete y veinte de la mañana y las ovejas vuelven a entrar para comer. Es el momento de examinar una docena de ovejas que han parido en las últimas semanas y duermen en otro pequeño galpón. Las miran una a una palpando sus ubres en busca de anomalías. “Una ha perdido la ubre”, anuncia Juan Ángel. Después de una segunda ojeada y un silencio como lamento, pasan a mirar la salud de los corderos. Ésta fornida ganadera de frío parecer, pronto lo desmiente con una cálida actitud. “Es inevitable encariñarse con los animales y pasarlo mal cuando ellos lo pasan mal”.
Faltan veinte minutos para las ocho de la mañana y el horizonte de Elizondo y Lekaroz comienza a iluminarse con los primeros rayos de sol. Pilar se maneja a la perfección en la oscuridad, parece tenerlo todo medido. Camina bajo un cielo estrellado tan despejado como profundo. Lleva comida a otro pequeño establo en el que guardan cuatro ovejas preñadas. “Casi todos los días nace alguna, un centenar de octubre a diciembre. Agrupamos los partos para ordeñar a la vez y llegar al mínimo de litros que necesita el lechero para hacer queso”. Cuando amanece tiene ya buena parte de la tarea del ganado hecha y vuelve a la cocina para preparar el almuerzo.
Al son de las manecillas de un complejo reloj
Comida abundante para los mayores y leche para los pequeños. Xabier (13) e Itsasne (7) son los hijos de Pilar y hoy tienen fiesta en el colegio. En esta ocasión almuerzan todos juntos, pero en días de escuela, a las siete y media de la mañana, Juan Ángel baja a Xabier los seis kilómetros que separan su casa de la parada de autobús de Oronoz Mugaire antes de irse a las canteras de Almandoz donde trabaja de ocho a cinco y media de la tarde. A Itsasne le acerca un vecino hasta la escuela una hora más tarde porque Pilar asegura estar en plena faena y no puede llevarle. “Es lo único que he pedido a Gobierno de Navarra, un taxi para que lleven a mi hijo por las mañanas”, comenta resignada, “dicen que hay muchos como yo y no me hacen caso. Aquí no hay que fichar, pero sí terminar la tarea antes de que anochezca”. Es una mujer combativa aunque tanto trabajo le impide asociarse con otras ganaderas. Tambien sus hijos encuentran limitaciones en este punto ya que, de algún modo, permanecen apartados del resto de niños del valle e incluso del mismo pueblo. Pilar tiene muchas esperanzas en el futuro de sus hijos y se enorgullece, parapetada tras una sonrisa fugitiva, del comportamiento excelente que tienen en la escuela.
Mientras Pilar retira tocino, chistorra y huevos de la sartén bajo la atenta mirada de Itsasne, Xabier echa maíz a las gallinas y Juan Ángel prepara la pulpa que dará a las ovejas por la tarde. “Hay muchos que la compran hecha”, comenta él mientras organiza varios cubos, “yo sigo preparándola como lo hacía mi padre”. Todos conocen a la perfección las tareas que se deben hacer.
Xabier e Itsasne aprovechan para ver los dibujos animados en la televisión. Cada uno tiene su sitio en la mesa. Llega la hora de escuchar el parte meteorológico por la radio. “Es imprescindible para poder organizarnos un poco porque si llueve hay que meter las ovejas dentro”, advierte Pilar. “Aquí lo más importante son los animales, las tareas de casa las hago en los ratos libres”. Ella es quien pone la lavadora, tiende y plancha: “Juan Ángel ni se arrima”, bisbisea. Ella recoge las habitaciones del piso superior y prepara las comidas en el inferior. Ella es quien compra y vende, quien parte y reparte.
A Casa Gastainzelaieta no sube ni el panadero ni el repartidor de gas. Acumula provisiones en un gran arcón. “Es un engorro ir a comprar porque tienes que dejar todo más o menos preparado. En Pamplona me estreso con tanta gente y no estoy nunca tranquila por las cosas que dejo aquí. Hay que estar pendiente de los animales constantemente”. Es por eso por lo que va a Pamplona un máximo de diez veces al año. “Sólo para ir al médico y hacer las revisiones a los coches. Además, antes de ir tengo que prepararme y acicalarme”. Porque Pilar reconoce ser presumida: “Me gusta maquillarme, pero no tengo tiempo. Además aquí no hace mucha falta. Desde que llegué me habré maquillado cinco o seis veces, en acontecimientos extraordinarios. Mi hija se queda sorprendida cuando me ve con los labios pintados”.
El postre del almuerzo también está elaborado en casa; dulce de membrillo y queso. Para terminar café con truco de la antigua usanza. “Echo dos cucharadas de azúcar en la cafetera y no en cada vaso”, desvela Pilar, “se ahorra mucho azúcar y sabe igual de rico”. En sus cuentas, hasta el mínimo detalle está medido y racionado aunque, en los días más sosegados como el de hoy, fuma cigarrillos de más.
Después de reponer fuerzas, Juan Ángel se despide para ir con el tractor a buscar fiemo. En días de labor es Pilar quien lo maneja porque su marido no vuelve hasta las seis de la tarde. Con él de fiesta adelanta trabajo y, acompañada de sus hijos, sube con el coche hasta el alto de Iraperri. Ayudada por una vara de avellano, camina hasta otra borda por un sendero repleto de castaños. “Un manjar para las ovejas”. Lleva un saco de pienso a la espalda e Itsasne le imita con otro más pequeño. Abren la puerta a una docena de corderos que salen ayudados por sus madres. Sujeta con una cuerda el mallazo que hace de puerta y sanea las camas de helecho. No hay mayores medidas de seguridad que una cuerda. “No tengo miedo de que me roben porque nadie roba trabajo y en casa no tengo ni dinero ni cosas de valor”, asegura confiada.
La recompensa del sacrificio
“A mí no se me caen los anillos porque no llevo”, bromea Pilar. El regreso es más lento conforme se pica la cuesta y se detienen a recuperar aliento. Es una mañana soleada y el rocío matinal empieza a fundirse bajo la hierba. Al margen de las dificultades propias de este trabajo y su ubicación geográfica, en ocasiones, ha tenido que enfrentarse a otras añadidas por el simple hecho de ser mujer. Le han exigido un poco más. “Hoy me respetan más en el valle y, aunque yo no les conozco a ellos porque soy de fuera, sí que me conocen a mí. -La de Gaztainzelaieta-, dicen. En parte, ese esfuerzo añadido me ha ayudado a que se conozcan más mis quesos y membrillos”.
Para ganarse el respeto, tuvo que organizar con mucho acierto el asfaltado del camino que comunica el núcleo de Zozaia con su casa. “Tuvimos que hacerlo en auzolan y vino gente de los pueblos cercanos a ayudarnos. Yo organicé el trabajo y había quien criticaba mis decisiones y me restaba argumentos por ser mujer. Algunos en broma, pero otros no. Había quienes querían que la obra la dirigiera un hombre. Eso ocurrió en el primer kilómetro, en el segundo ya no hubo ningún problema”. Sin duda, buena culpa la tiene su fortaleza mental y carácter decidido, aunque esto le produce elevados grados de estres con frecuencia y algún que otro problema de salud. No en vano, es la primera en levantarse y la última en irse a la cama.
“Los ganaderos somos el gremio más desamparado y las leyes, en lugar de facilitar el trabajo, lo hacen más difícil y costoso”. Cuatro años atrás le llamaron para trabajar un fin de semana en el hotel de Zozaia y terminó estando dos meses enteros. “Tuve que dejarlo porque era verano y tenía que empezar a cortar hierba, pero fue ahí donde me di cuenta de las burradas del campo. Trabajaba tres horas y cobraba un dineral con la tarea de hacer las camas como la más costosa”. Por momentos, Pilar parece añorar otro tipo de vida. Sin tantos condicionantes a su realización personal. “A ratos trabajaría en una fábrica porque así tendría tiempo para mí, tiempo para leer. Disfruto mucho leyendo porque me ayuda a desconectar de todo, me aísla del estrés que acumulo. Aunque al final pienso y esto me da más cosas de las que me quita”.
Se acerca hasta otro rebaño para examinar las ovejas de cerca con Xabier e Itxasne siguiendo todos sus pasos. “Pocas veces han rechistado mis hijos para ayudar en las tareas o ponerse a ordeñar. Cuando no están en la escuela está conmigo y no les influye ninguna otra cosa. Además, cuando van a algún pueblo se aburren porque los otros niños se levantan muy tarde”. Xabier también es un gran aficionado a la lectura.
A media mañana vuelven a casa. Pilar trocea y reparte nabos por el establo y Xabier, que ha cercado las ovejas de Bordatxo en una parcela, barre el rastro que éstas han dejado en la puerta de casa. Los rayos del sol descubren una cortina de polvo que surge de los helechos y pasa a ocupar todo el espacio. “Saneamos las camas cada diez o quince días y el fin de semana, que estamos todos en casa, hacemos el grande”, comenta Pilar. No muestra signo alguno de flaqueza. Lleva seis horas trabajando y todavía le quedan otras tantas para terminar. Nunca desespera.
En estos quince años que lleva viviendo en Casa Gaztainzelaieta, Pilar se ha acostumbrado al silencio. Aún así, no desmerece ninguna conversación. Es sincera y risueña. “Aquí es muy difícil mantener una amistad porque no hay tiempo para tomar cafés o salir del pueblo”, aprecia con cierta resignación. Cuando vine estaba embarazada y recuerdo que me gustaba asomarme para ver el monte Mendaur. Debajo está Ituren y era un consuelo para mí verlo tan cerca”. Camina hasta un viejo robledal en el que sus hijos se columpiaban antes y permite contemplarlo sin obstáculo alguno. “Tiempo atrás venían mis hermanas a menudo, pero al final siempre terminaban trabajando. Ahora, cuando nos desborda el trabajo a la abuela y a mí, sube mi cuñada que vive en Zozaia”. Detiene su actividad para hablar de varias amistades que conserva a pesar del tiempo que pasan sin contactar. No le queda mucho tiempo para eso.
A medio día llega el lechero. Viene cada dos días y esta vez recoge 147 litros además de una pequeña muestra para analizarla en Irurzun. “Hacen estas pruebas dos veces al mes y miran si hay medicamentos o jabón que se pueda quedar después de limpiar la cisterna”. Recorre a diario una decena de casas entre Malerreka y Baztán. “La leche que pueda ser dudosa la meto en garrafas y la buena la vierto dentro del tanque”, farfulla el lechero, “ya me ha tocado tener que tirarla por meter una que estaba picada”. Esta leche viajará hasta Sunbilla donde la empresa Lizún elabora quesos Idiazabal.
Pilar vuelve a la cocina a repasar la documentación del ganado. Ella revisa la evolución del censo de sus ovejas y Xabier e Itsasne aprovechan para navegar en Tuenti con un ordenador portátil. Se alternan al aparato, aunque permanecen los dos frente a él. “Hace años acudí a unos cursos que organizó el sindicato agrario EHNE para aprender a manejar el ordenador, pero no lo utilizo nada”, comenta con cara extrañada. “Alguna vez antes de ir a la cama, pero llego tan cansada que ni lo enciendo”. El sonido de un camión acercándose le recuerda algo. Sale de la cocina y va a su encuentro. Es un camión cargado con 3.000 kilos de fiemo.
Alubias rojas y cordero para comer. “También de casa; lo matamos hace dos días porque era el más débil. Ya se sabe; en casa de herrero cuchara de palo”. Pilar se podría autoabastecer con los alimentos que ella misma cultiva y elabora. Todo menos el agua, que llega hasta casa por una rudimentaria cañería desde un manantial de Belate. Fresca. Limpia. De postre saca paté, también elaborado por ella. Un manjar obtenido con hígado de cerdo, tocino, pimienta y licor. “La cocina ha sido siempre una de mis aficiones y aunque aquí sean de sota, caballo y rey, procuro disfrutar con los pucheros”. Sin duda, es la estancia más empleada. “Pero mi gran afición es la lectura. El problema es que aquí no hay mucho tiempo para eso y ahora, en lugar de empezar libros grandes, sólo leo los que puedo terminar de una tacada. Si no, los dejo varios días y pierdo el hilo. Cuando vivíamos en Sorauren leía el diario y al venirme aquí, al principio, tenía mono. No quiero empezar a leerlo por internet porque volveré a engancharme”.
Pilar es muy consciente del aislamiento informativo en el que vive de su borda hacia fuera, pero tampoco le preocupa. Es inteligente y reflexiva. “De joven siempre quise estudiar, pero no pude. Era la mayor de seis hermanos, hice de segunda madre y no me quedó tiempo”. Entre las profesiones con las que algún día soñó se imaginó trabajando de enfermera o veterinaria. “Algo relacionado con ayudar a los demás o hacer compañía a quien la necesitara”, acierta a decir. Le cuesta poner palabras a sus emociones. “Esta explotación durará hasta que aguantemos mi marido y yo porque mis hijos no creo que quieran seguir con esto. Xabier es buen estudiante y quiere seguir estudiando. Si un día decide ir a la universidad haré todo lo que esté en mi mano para que lo consiga”.
El día se ha nublado con rapidez y comienza a llover. Los tres se apresuran a recoger las ovejas de los pastos cercanos. “Si se mojan mucho hay que volver a repararles las camas para que no les entre la enfermedad de las patas”, entona con potencia Pilar mientras corre a cercar las ovejas en Bordatxo. Juan Ángel se encargará de recoger las de Iraperri y, cuando regrese, volverán a repetir todo el trabajo desde el principio. Una vez más. Seguirán trabajando hasta las nueve y media de la noche. Cuidando a los animales, atendiéndoles a cada instante. A esa hora, casi todos vuelven a la cama porque Pilar sigue repasando los quehaceres del día siguiente. Y es que Pilar Goizueta siempre ha afrontado con sacrificio y valentía todo reto que la vida le ha presentado. Austeridad y trabajo. Mucho trabajo.
La herencia
Publicado: febrero 29, 2012 Archivado en: Personajes, Varios | Tags: familia, fotografía, yashica 2 Comentarios »A mi abuelo siempre le gustó lo nuevo. Aquello que representaba cierta modernidad en el pueblo y suponía además un reto para conocer. No tuvo una infancia nada fácil y desde muy pequeño se las ingenió para resolver los problemas. Con 14 años dejó la escuela. Se compró un mono y empezó a barrer en un taller de autos (como les llama él). Eso fue justo un curso antes de que sus compañeros aprendieran a usar la máquina de escribir. Han pasado más de 80 años y aún lamenta con una sonrisa nostálgica haberse perdido aquel curso en el colegio. Quizá por eso (al menos en mi película) cuando se hizo mayor se interesó por las máquinas. Objetos pequeños, brillantes. Con unas tripas llenas de piezas para descubrir y conocer. Ya fuera un motor de coche, una radio o una cámara fotográfica. De estas compró varias. Una fue la Yashica LM, fabricada a finales de los años 50. Todas sus funciones son manuales, pesa lo suyo y hay que utilizarla con un fotómetro externo. ¿Incómoda? Una joya.
Ahora, cada vez que le veo nos sentamos en el sofá y escucho sus largos monólogos. En casi todos habla de una cámara, ya vieja, que hacía muy buenas fotos.
Solo espero que te gusten, jefe.
Mala vida
Publicado: enero 12, 2012 Archivado en: Varios | Tags: diario madrileño, Madrid Deja un comentario »Ayer di una vuelta por la Plaza Mayor. En uno de los callejones, ajeno a los turistas que fotografiaban los bonitos edificios, una persona mendigaba sentado en el suelo frío. A pocos metros encontré esta escena. Cartones, mantas y un trozo de pan. Mala vida.
Goyo Irurita. El árbol y el hacha
Publicado: enero 6, 2012 Archivado en: Andanzas, Personajes | Tags: aizkolari, montaña, Navarra, valle de Anué, vida rural 2 Comentarios »Al poco rato de señalar unas desdibujadas huellas en el barro descubre un pequeño corzo entre los tonos grises y marrones del hayedo, denso pero desnudo en el invierno. No necesita senderos ni mojones. Los árboles y el viento son su brújula. Y las montañas que se divisan cuando el bosque clarea, y que él tan bien conoce, le ayudan a orientarse.
Goyo Irurita ha recorrido montañas desde Olagüe, su pueblo natal en el valle de Anué (Navarra), hasta los Alpes italianos, pasando por los Pirineos. Es un día frío y lluvioso pero lleva los últimos botones de la camisa desabrochados. El cuello al aire. Es un hombre de invierno. Con trece años empezó a cortar leña acompañando a su padre, también leñador. Sus manos fuertes y agrietadas muestran una vida de trabajo duro. Jornadas de más de 8 horas en la montaña sin más cobijo que las pequeñas casetas de madera que ellos mismos construían y en las que permanecían siete u ocho días hasta que acababan de derribar todos los árboles que había comprado el patrón. En España, Francia o Italia. Por eso no es raro que conozca el monte como si hubiera nacido en él.
Después de 40 años de oficio Goyo se jubiló. Ya no corta aquellos árboles de 24 toneladas de los que habla con orgullo, pero ayuda con su conocimiento y buena voluntad a las personas que lo requieren. A sus 69 años sigue manejando la motosierra y el hacha casi a diario, a pesar de que en su casa no tiene chimenea ni calefacción. Echa una mano a las personas mayores de los pueblos vecinos cortándoles la leña para pasar los meses de invierno en esta tierra húmeda. También ayuda a los jóvenes aizkolaris que comienzan en este deporte que rememora su viejo oficio. Aunque “no manejan el hacha con las dos manos”, admite Goyo con una sonrisa. Sonríe porque ya son pocas las personas capaces de hacer lo que él hace. Por eso sufre un poco cuando ve los troncos astillados y con un corte irregular. No es una cuestión de estética, sino de aprovechar bien la madera. De respetar a los bosques que tan buena vida le han dado y que aún mantienen su mirada viva. Aquella que le permite ver los corzos donde otros solo ven hojas secas y ramas zarandeadas por el viento.









